¡¡NO QUEREMOS PLAYAS!!

Judith García Aura

Durante quince minutos miles de veladoras iluminaron el Zócalo capitalino.

A las 20:30 en punto, los clamores de justicia y alto a la delincuencia, se detuvieron por unos segundos. Las luces de calles y edificios en los alrededores de la Plaza de la Constitución se fueron apagando en cadena.

La gente que ignoraba esta parte de programa, se enfureció. Lo había interpretado como un reto de las autoridades y reaccionaron. Se escucharon abucheos. Cientos de banderas blancas y tricolor, se levantaron con fuerza frente al edificio del gobierno capitalino mientras gritaban a todo pulmón: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡No queremos playas, queremos seguridad! ¡No queremos playas, queremos seguridad!

Entonces, las campanas de la catedral comenzaron a doblar con fuerza y el silencio se apoderó del Zócalo durante unos segundos. Veladoras, lámpara y celulares, iluminaron México por segunda ocasión… A lo lejos se escucharon las primeras notas del himno nacional y así la gente entonándolo protestó contra la delincuencia y exigió cuentas al gobierno.

A las 20:39 en punto, himno y el redoble de campanas terminó. Comenzó la lluvia y también la salida en tropel por las diferentes calles. Otros los que venían rezagados en la marcha intentaron llegar hasta la plancha, encendieron su veladora y luego siguieron su camino.

Mientras en los alrededores, camiones de basura y una cuadrilla de 50 personas armadas con escobas y carritos, esperaban la salida del último manifestante para iniciar la limpieza.

Banderas clonada, a diez…

Dos horas y media antes de lo esperado, la gente vestida de blanco y de colores inició su arribo al zócalo capitalino. Entraron por la calles Francisco I. Madero, gritando: ¡Mé-xi-co! ¡Mé-xi-co! Y su clamor era acompañado de palmadas.

Al llegar al asta bandera, levantaron la voz y se escuchó en tres ocasiones: ¡No más violencia!

En los alrededores policías, integrantes del cuerpo de rescate y urgencias, protección civil y comerciantes ambulantes, los esperaban. En los alrededores del asta bandera había pintado un rectángulo, donde pensaban colocar las veladoras al final de la protesta. Pero, poco a poco, la gente se fue apoderando del espacio.

Banderas de color blanco y con la leyenda: Por un México sin violencia”, cintas y pañoletas con la paloma de la paz eran vendidas a 10 pesos. Mientras los costos de las veladoras oscilaban entre los 10 y 20 pesos, dependiendo del tamaño y del extracto social del comprador.

Sobre la plancha y en las calles aledañas, pancartas con rostros de las víctimas de la delincuencia; cartulinas donde exigían: “Ya basta” Queremos Seguridad”. “No queremos vivir en un país con miedo”. mantas donde exigía la pena de muerte a secuestradores y narcos, se disputaban el lugar con los ambulantes y merolicos.

Aun faltaba más de una hora y algunos se anticiparon a encender las veladoras. Cada contingente gritaba sus propias consignas. La gente caminaba en círculos para desentumirse y otros no se movían para no poder su lugar.

Miles de banderas de México y de color blanco se levantaron en distintas ocasiones. Habían pasado más de dos horas del arribo de manifestantes y no se había escuchado las campanas de la catedral, que les darían la bienvenida.

A las 20:00 horas en punto, las luces del Palacio Nacional y del Gobierno capitalino se encendieron. La gente comenzó a entonar el himno nacional en el Zócalo. Miles de globos color blanco fueron lanzados al cielo. Los helicópteros que sobrevolaban el área, se mantuvieron suspendidos durante varios minutos. El olor a cera comenzó a ser sofocante. Unos minutos después, terminado el himno, la gente comenzó a desalojar el lugar, llevando cada uno su veladora.

Hombres, mujeres y niños comenzaron abandonar el sitio, cuando llega una contra orden: “A la ocho y media se toca el himno, pasen la voz”.

A un costado de la plancha, una parte importante de los protestantes lanzaban consignas frente al Gobierno capitalino, a pesar de la valla de policías que se mantenía a la expectativa. En contraste, nadie se acercó a las puertas del Palacio Nacional.

Un grito desgarrador conmovió a la gente: “Quiero, vivo a mi marido”. “Lo mataron por culpa de la inseguridad”. Ana Cecilia, narró que un año tras fueron saltados en las calles de la delegación Cuauhtémoc. Tenía 59 años de edad, cuando Esteban perdió la vida de un balazo en la cabeza.